“Se me levanta a las cinco de las mañana y se me baña con agua helada; los toques eléctricos en los testículos ya infectados los siento cada vez más desgarradores; se me tapona la boca con trapos para ahogar los gritos y los quejidos que la tortura me provoca; se me golpea con grandes y anchas tablas mojadas en las partes glúteas, piernas, espalda y demás partes del cuerpo; se hacen simulacros de castración; y, como de costumbre, en los momentos de desfallecimiento se me proporcionan cuartos de tequila, los cuales deben ser ingeridos de inmediato, como método de reanimación”.
“Es en el marco de estos tres días de tortura (15, 16 y 17 de octubre de 1978 en alguna mazmorra clandestina de la ciudad de México) digo a mis verdugos que elaboren los cargos que me imputan y que, cualesquiera que fueran, los aceptaría ante quien fuera como verídicos”, confiesa Octaviano Santiago Dionicio, ex guerrillero, compañero de armas de Lucio Cabañas Barrientos.
Los orígenes
Como en la mayoría de los pueblos de Guerrero, y quizá del país, la primaria estaba ubicada en el mero corazón de Atoyac de Álvarez, cabecera municipal enclavada en la Costa Grande guerrerense. Tenía el nombre del primer gobernador del estado, Juan N. Álvarez.
En esa escuela trabajaba el profesor Alberto Martínez Santiago, quien era, igual que la mayoría de los maestros con vocación, un ferviente patriota, hombre de nobles ideales, demócrata, responsable, y muy querido por los padres de familia y sus alumnos, entre ellos Octaviano Santiago Dionicio.
El mentor procuraba inculcar en los educandos los mejores sentimientos de amor a la patria, al prójimo. Incluso les leía artículos de la revista Siempre! De esta manera trataba de aleccionarlos en política con las ideas de algunos de los mejores periodistas de la época, como Alejandro Gómez Arias, uno de los siete sabios; Francisco Martínez de la Vega, Alberto Domingo, Renato Leduc, José Santos Valdez.
Por esas fechas, 1967, “estaba de moda” el señalamiento de comunista a todo aquel que disintiera con el orden establecido, que se inconformara por algo dentro de las instituciones o ante los gobiernos municipales o estatales en las calles, inclusive por el sólo hecho de leer “libros de autores extranjeros”.
Así, de buenas a primeras, el maestro Alberto Martínez fue tachado, por un sector reaccionario de la población, de ser un comunista de hueso colorado. Acusación grave que impulsó a las autoridades educativas a cambiarlo a Coyuca de Benítez a varias decenas de kilómetros, para, supuestamente, evitar un conflicto entre los pobladores. Lo que resultó contraproducente.
Tan estimado era el maestro, a quien no se le podía señalar de nada, ni de borracho, ni mujeriego, menos de irresponsable o falto de preparación, quien aún enfermo iba a dar clases, que los mismos padres de familia, junto con alumnos y maestros empezaron a movilizarse para pedir el regreso del apóstol del magisterio, puesto que no había ninguna razón para su cambio.
Entonces surge el conflicto. ¡Ahí comenzó todo! ¡Ahí se sembró la semilla que germinaría y florecería como guerrilla años más tarde!
Tal situación divide a los maestros de la primaria Juan N. Álvarez y a los padres de familia. Los mentores que buscaban el regreso de su compañero, que formaban mayoría, solicitan el apoyo de la escuela Modesto Alarcón, donde trabajaba el profesor Lucio Cabañas. De quienes obtienen su total respaldo sin miramientos. Incluido el del posterior guerrillero.
De inmediato se nombran comisiones para ir a ver al director de Educación en el estado, un tal Prisciliano Alonso Organista. En tanto solicitan al funcionario el retorno del maestro Alberto Martínez, maestros y alumnos de la primaria hacen plantones, toman la escuela y se declaran en huelga indefinida.
Ante la indiferencia del funcionario, los integrantes de la comisión acuden al gobernador del estado, Raymundo Abarca Alarcón, con la misma demanda. Y así se van los días, semanas y no les resuelven absolutamente nada.
Finalmente, el gobernador y las autoridades educativas, en lugar de adscribir nuevamente al maestro en su escuela de origen, a donde lo requerían sus pupilos, mandan a la policía como única respuesta.
De tal suerte que un buen día ocurre una balacera en Atoyac. Minutos después de los eternos aullidos de las balas sangrientas, que se incrustaron en los cuerpos de la gente indefensa, los lugareños recogen a cinco muertos.
Uno de ellos fue un campesino, don Arcadio Martínez Javier, padre del maestro Alberto Martínez, quien defendía la causa de que su hijo regresara a dar clases en la primaria Juan N. Álvarez.
Años más tarde, “mi querido maestro Alberto Martínez murió. No sé en qué condiciones. Nunca lo volví a ver, rememora nostálgico Octaviano Santiago, Esto es lo que pasa cuando a un gobierno no le importa resolver los problemas. Es decir, un conflicto tan sencillo el gobierno soberbio no lo quiso resolver, prefirió matar a inocentes”, recalca.
Un caso trágico, irónico, en la historia de Guerrero, porque en la actualidad los maestros y padres de familia se unen para expulsar a algún maestro irresponsable, flojo, borracho, pederasta, y no para conservarlo en el centro educativo por sus virtudes honorables como fue en tal caso.
“Eso me motivó para tomar las armas, irme a la sierra con el profesor Lucio Cabañas y luchar contra el gobierno déspota”, dice el exguerrillero.
La semilla de la rebeldía
Yo me integro a las luchas políticas y sociales a mediados de los sesenta, relata Santiago Dionicio. Participo por primera vez en 1964 en apoyo a una campaña electoral de aquellos años por la Presidencia de la República, que postuló a Ramón Danzón Palomino candidato del Frente Electoral del Pueblo, conformado principalmente por el Partido Comunista Mexicano.
Multitudes de organizaciones sociales, fundamentalmente la Central Campesina Independiente, el Movimiento Revolucionario del Magisterio, organizaciones estudiantiles de distintas partes del país, movimientos obreros de finales de los cincuenta, se agruparon en el frente.
El profesor atoyaquense confiesa que “fue el año en que me inicio en la participación política-electoral, propiamente sin registro pero que llamó a la población a confrontar un proyecto de cambio nacional frente al proyecto viejo que representaba el priismo de entonces y que encarnaba la candidatura de Gustavo Díaz Ordaz”.
–¿Entonces estuvo cerca de Lucio Cabañas?
–Sí. Participamos juntos, tras muchas luchas cívicas y políticas, hasta el 67. Luego vinieron los hechos de represión y crimen; tuvo lugar ese año la matanza de cinco campesinos en Atoyac, que dejó varios heridos. Vino la huida del profesor Cabañas y la conformación de un grupo armado de autodefensa. La posterior conformación de una guerrilla que se denominó Partido de los Pobres, y la muerte en combate del profesor Lucio Cabañas.
Mi detención en varias ocasiones. Mi liberación, hasta culminar en mi incorporación, muchos años después, a la vida pública, al Partido Mexicano Socialista, y luego al Partido de la Revolución Democrática, en la lucha por la Presidencia de la República con Cuauhtémoc Cárdenas. En las luchas que este partido viene librando desde su fundación. Aquí estamos tratando de cumplir con el pueblo.
–¿Cómo fue su experiencia político-social en esos años convulsos del Guerrero bronco? ¿Cuándo fue detenido? ¿Cuántas veces?
–Tuve la mala fortuna de conocer la prisión más de diez veces. Desde muy joven, prácticamente a los 13 años. Por distribuir volantes, que era un delito grave. Era perseguido de manera muy especial por los cuerpos policíacos. Éramos vistos como elementos peligrosos, señalados permanentemente como subversivos, agentes de la subversión con nexos con el extranjero. Algo que solamente la mentalidad de los gobernantes de ese tiempo concebía. Se nos consideraba gente sumamente comprometida con el comunismo mundial, ligada con las embajadas de los países con regímenes socialistas.
Octaviano Santiago recuerda que “nos tenían con un marcaje permanente, sobre nosotros pesaba una constante vigilancia, cada visita que realizábamos a domicilios de amigos, de familiares, era perfectamente registrada por los servicios secretos de aquellos años, nos calificaban como elementos de alta peligrosidad en una población, mi tierra Atoyac de Álvarez, de unos once mil habitantes.
El luchador social explica que tal situación “nos colocaba al margen de la ley de manera permanente, y lógico que con cualquier pretexto éramos detenidos, desde luego que fui torturado en varias ocasiones, me trajeron a la zona militar número 27 de Acapulco, estuve desaparecido varios días, fui torturado, la primera vez, por un teniente de nombre Vicente Sosa, no se me puede olvidar, que también asesinó a un comisariado ejidal de San Martín de las Flores, en 1967.
En fin, reflexiona Santiago Dionicio, todos esos hechos de violación a nuestros derechos constitucionales, nuestros derechos humanos, nos obligó a incorporarnos al grupo armado del profesor Cabañas.
“Nuestra vida pública era prácticamente imposible, añade. El riesgo de perder la vida por señalamientos tan graves era inminente. De ahí que preferimos incorporarnos al movimiento armado e internarnos en la tupida sierra de Guerrero al lado del maestro Lucio y otros revolucionarios durante un año”.
Detenciones y torturas
Detenido en 1972, “estuve cuatro años en prisión en Acapulco, junto con otros tres compañeros, en Aguas Blancas, en la prisión de Hogar Moderno. Salimos en 1976, acusados de secuestro, asociación delictuosa y otros supuestos delitos.
“Dos años después me armaron otra acusación falaz. Según que había participado en un crimen que el gobierno de Rubén Figueroa Figueroa había perpetrado. Me acusaron del homicidio de Obdulio Cevallos Suárez. Estuve tres años privado de mi libertad, sin conocer sentencia. Y fue con el gobernador Alejandro Cervantes Delgado que, al no probárseme nada, me dejaron en libertad.
“Mi detención sólo fue un capricho del gobernador Rubén Figueroa Figueroa y del procurador criminal, Carlos Ulises Acosta, y del jefe de las policías del estado de Guerrero, Mario Arturo Acosta Chaparro.
–¿Por qué luchaban?
–La lucha de las agrupaciones democráticas de izquierda revolucionaria, de oposición al régimen de partido único, las causas fundamentales eran el respeto a los derechos políticos de los mexicanos, por la democracia, contra la imposición, por el derecho al reclamo público, porque no nos impusieran eso que estaba acostumbrado el viejo régimen priista, la lucha contra el dedazo, contra las masacres y la impunidad.
Porque Guerrero era ejemplo contundente de la impunidad, explica Santiago Dionicio; las masacres de Iguala, de la Coprera, de los colonos de Acapulco, de Atoyac, de Chilpancingo. “Y ningún culpable por ningún lado”.
La impunidad como norma, como asunto inseparable de la criminalidad, detalla el profesor. Entonces lo que buscábamos como principal demanda era que se respetara la ley. En aquellos tiempos no se demandaba desarrollo ni progreso para las comunidades, como ahora que se exigen servicios como agua potable, electrificación, pavimentación de calles, etcétera. queríamos el derecho a la voz, a la palabra, ser libres, enfatiza el ex guerrillero.
Yo comparo aquella lucha de los sesenta y setenta algo así como la lucha contra la esclavitud, explica: “la lucha por el derecho a la palabra pública, a la libertad de expresión, que no había. Eras subversivo si te atrevías a expresar por los medios posibles la condena al régimen dictatorial priista”.
Santiago Dionicio comenta que luchaban por el respeto a la Constitución. “No era algo del otro mundo, era algo elemental. Sin embargo para el régimen de partido único era inadmisible. No era comunismo, no era socialismo, no era castrismo, no era nada. Era lo que Zapata planteaba, lo que planteaba Madero. Era algo por lo que ya habían muerto un millón de mexicanos en la Revolución de 1910. Pero los tiranos de ese tiempo le tenían miedo a la proclama del Sufragio Efectivo, asegura el profesor de primaria.
Estaban acostumbrados al dedazo y lo querían mantener. Tan grave era inconformarse, que Carlos Alberto Madrazo resultaba subversivo para el PRI con sus planteamientos de democracia al interior del partido, el padre del Madrazo tracalozo, ese Roberto que aún pervive en las filas priistas. De ahí que exista la sospecha de que el mismo sistema lo mató, porque era un riesgo para la estabilidad de los caciques.
Y me acuerdo que fue muy famosa la frase acuñada por las bases inconformes del priismo que decía: ¡Arriba Madrazo y abajo el dedazo!
Algo que empezó a causar cosquillas a los caciques que abundaban en todo el país y que la Revolución no fue capaz de acabar porque finalmente ellos la jinetearon. Acomodaron la Revolución a sus intereses y ellos se acomodaron a los intereses de la Revolución. Y siguieron cabalgando juntos. Hasta hoy todavía cabalgan en unas zonas del país.
Octaviano Santiago Dionicio asevera que “tal era el propósito de nuestras luchas y siguió constando muertes. El Partido de la Revolución Democrática en Guerrero cuánto no aportó de muertos. Desde el inicio del salinismo, Guerrero aportó y sigue aportando la mayor parte de perredistas en este combate contra la continuidad del priismo, y tenemos nosotros la mayor cuota en aras del cambio que no hemos podido construir todavía.
Publicado: Año 02 / 1 de julio de 2008 / No. 13
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